La observo mirándome. Dueña de los últimos suspiros. Emerges como icono ominoso ante mi incuria confinada. Acaricio a distancia. Silueta imperfecta. Cubierta de hiel sombrío, coagulado. Percibo muy cerquita el susurro entre mis cabellos, llamándome. Mis sentidos se aceleran, deseo con ávida pretensión recorrer su vasto cuerpo congelado; dimitir, fenecer. Me quiere solo en lo oprobio. Me agota el juego de llevarme. Excita mis entrañas, endurece nervios, tejidos, arterias. Me abandona. Vuelve, siempre vuelve.
Llegue y no estabas. Apareciste con toda tu gran inmensidad. Tu sonrisa antes que vos. Me abordaste con tu abrazo, me envolvió, me rodeo, sentí, me confundí y quise volver a repetir. Recuerdo un camino de luces en la noche, tu mano anido en mi pierna, te tome con la mía, me aferre a ella y allí se quedaron. Nada recuerdo de que hablamos. Solo girabas, girabas dibujando círculos sin llegar a ningún lado. Nada había. La excusa perfecta para detenerte y observar quien sabe que animal salvaje. Por un instante, no sé en qué momento, toda yo era cubierta por vos. Inesperadamente, desbocadamente, avasallaste hacia mí. Aún no logro discernir el segundo preciso de tu emboscada. Tan cerca, tan dentro, sentí fundirme inquebrantablemente. Nada nos detuvo. La excusa eras vos, era yo, era nosotros. Ahí es donde todo comenzó. (a Al)
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